sábado

Relato No. 5

Metamorfosis 
Por Marcos DK

Advertencia: Contenido Fuerte
Cae la noche y con ella mis últimas esperanzas. Como en las noches anteriores me han liberado de grilletes y mordazas que me ocultan y retienen en este lúgubre sótano. Cubil al que regreso exhausto cada mañana antes de que despunten las primeras luces del alba. Tan seguros están de que volveré; que soy uno de ellos. Me siento débil pues no he probado alimento en quizá diez o doce días, desde la infección, ya no estoy muy seguro. Solo me dan agua; dicen que es por mi bien, que debo comer por mis propios medios. Y bajo el protector velo de las sombras de la joven noche abandono aquella casona habitada por la monstruosa familia que intenta adoptarme entre los suyos.
Penetro en la oscuridad insondable del bosque y trato de correr tanto como mis debilitadas piernas me permiten. Me alejo de la aldea; huyo hacia las profundidades oscuras de la floresta salvaje esperando que me proteja de mi terrible destino. Pero asoma por fin el verdugo de mi cordura, perseguidora incansable, implacable, hermosa y cautivadora con su argéntea palidez. No más siento el primer rayo de luna acariciando mi piel un espasmo terrible me arroja de bruces contra las raíces de un enorme roble. Algo ha golpeado mi pierna, puedo ver los restos de la rama asomando sangrantes, atravesando la tela de mis raídos pantalones. Sin pararme a pensarlo, agarro con firmeza el extremo astillado y lo arranco de un tirón. El dolor me atraviesa como un latigazo y arranca de mi garganta un grito que escapa entre mis dientes apretados. Trato de levantarme. Para cuando lo haya logrado la herida habrá cerrado casi por completo; no es algo que me preocupe. En realidad ahora es el momento de preocuparme por otras reacciones incontrolables que se apoderan de mi cuerpo. Apenas he recorrido un par de pasos cuando otra fuerte contracción me arrastra de nuevo al suelo, retorciendo mis entrañas, obligándome a girar sobre mí mismo hasta quedar tendido con la espalda enterrada entre la pútrida y húmeda hojarasca otoñal. La veo sobre mí, resplandeciente y cautivadora como un puro diamante meciéndose sobre el vientre de una seductora bailarina. Ya no puedo levantarme. Los huesos de mis piernas se arquean en formas imposibles mientras un espeso y oscuro vello brota violento sobre mi sudorosa piel. Mi pecho se expande rasgando mi camisa y mi boca se abre como en descomunal boqueada que amenaza desencajar mi mandíbula. Intento gritar pero no sale ningún sonido de mi garganta. Mis manos palpan ansiosas el lugar donde hace unos instantes tenía mis labios y que ahora es deformado por un creciente mentón plagado de afilados dientes como cuchillas. Siento mi frente tensa hundirse hacia atrás separando mis ojos. Mis manos son incapaces de mantenerse sobre mi ya deformado rostro. Se sacuden convulsas al desencajarse las falanges mientras las palmas se estrechan y estiran. Tras unos agónicos instantes tan solo una minúscula presencia de mi humana existencia queda titilando en el interior de la bestia. Con un espantoso aullido, nacido de primitivos instintos, mi bestia celebra el reencuentro con su amada luna llena.
Hambriento y con una energía renovada por un torrente de adrenalina que inunda el sistema sanguíneo del animal de presa que ahora soy, escudriño los olores que me rodean con mis lobunos belfos. Separo las emanaciones como si de colores se trataran. Busco mi trofeo. Allí está: brillando como la estela de un relámpago entre los árboles del bosque. Lucho contra la bestia pero me siento muy débil y el mismo apetito que me derrota empuja salvajemente a mi animal arrancando las riendas de mis ya derrotados dedos mentales.
Apenas distingo el bosque pasar fugaz a mi lado. Corro, salto, araño el suelo con manos y pies. Jadeo ansioso con acelerada respiración mientras sigo la estela luminosa de mi anhelada presa. Frente a mí se descubre un claro y una pequeña choza de madera se yergue vieja y destartalada a la luz de la luna. Un hombre de mediana edad recoge troncos de una pila de leña, quizá sorprendido por el repentino frío nocturno en las ya largas noches de este otoño avanzado. Tal vez su instinto, tal vez un ruido, tal vez mi feroz rugido de satisfacción llaman la atención del hombre obligándose a girar en mi dirección. Me ha visto. ¡Corre! – le grito sabiendo que no podrá oírme -. ¡Corre para salvarte! Pero no tiene dónde ir. Ya nada puede salvarle. No puedo contener mi bestia. ¡Pobre diablo! Aferra su hacha con ambas manos y calcula la distancia de mi salto buscando la trayectoria mortal que le convertirá en el héroe de la región. Pero no es en las alegres cantinas donde uno puede encontrar héroes consagrados, sino en los sombríos camposantos. El frío metal solo roza mi hombro cuando caigo sobre el infeliz humano con todo mi peso. Puedo sentir la exhalación de aire al vaciarse sus pulmones contra el suelo. Puedo ver el terror en sus ahora desorbitados ojos. Siento que ese terror estimula a mi bestia como la promesa escondida en el escote de una cortesana. Mis mandíbulas se cierran sobre su cuello desgarrando fácilmente piel, tendones y arterias. Un cálido torrente de su sangre inunda mi boca haciendo que mi cuerpo se estremezca de placer. Paralizado de terror me veo hundiendo a dentelladas la quijada en el tórax de mi trofeo. Con secos chasquidos que retumban en mis oídos sus costillas van cediendo entre la presa de mis mandíbulas y el empuje de mis garras. Con un fuerte tirón consigo descuartizar su esternón y escupirlo a sus pies, que se balancean involuntariamente con los últimos estertores de su muerte violenta y prematura. Hundo mis manos entre sus sangrantes y cálidos pulmones en busca de mi ansiado premio y extraigo triunfal su palpitante corazón. Agazapado sobre la presa mi bestia se complace con su repugnante festín mientras creo estar oyendo su risa macabra y triunfal invitándome a abandonar para siempre un cuerpo que ya no me pertenece.
Paso la noche saciando un hambre que nunca se sabrá satisfecha. Las horas pasan inexorables y la bestia sabe que debe protegerse para que el cazador nocturno no sea la frágil víctima de los cazarrecompensas bajo la luz del sol cegador. Vuelvo a la guarida, al sótano oscuro de la gran casona a las afueras de la aldea, donde nadie sospecha que los asesinos que les acosan en las sombras conviven a su lado durante el día. Me arrastro escaleras abajo hasta las profundidades del cubil y espero cansado el efecto de la aurora.
Con las primeras luces del día regresa la vida a la aldea y los campos. Es como si el tiempo se pusiera de nuevo en marcha tras una larga pausa nocturna. Pero en un claro del bosque, yacen los despojos de un hombre inocente que ya no volverá a ver la luz del sol que ahora se alza en el firmamento descubriendo el horror de aquella carnicería.
Desnudo, embarrado y ensangrentado, abrazo mi recuperado cuerpo humano encogido sobre las frías losas del piso del sótano, sintiendo escaparse mi cordura como el fino hilo de saliva que descuelga de mis agrietados labios. En silencio, frente a mí, el patriarca del clan, señor de la familia, me observa satisfecho. Una sonrisa se dibuja en su rostro mientras retira las ya innecesarias cadenas que habían servido para evitar mi fuga. Bienvenido, hijo mío – me dice antes de retirarse majestuosamente escaleras arriba dejándome solo con mi locura. Introduzco mis dedos en la boca y siento mi vientre contraerse en un intento por vomitar tan macabra cena. Solo unas pequeñas cantidades de líquido oscuro caen contra la piedra entre arcadas y toses ahogadas. Rendido a mi suerte, agotado de tanta lucha, me abandono a un llanto desconsolado que brota en forma de desesperados lamentos entrecortados entre sollozos. Hoy he matado a un hombre. Ya no hay vuelta atrás, en realidad nunca la hubo; era cuestión de tiempo. Ya soy uno de ellos. Soy un hombre lobo.

Fin.

Calificación de HEB: 9.7
Promedio de los Jueces: 9.1

2 comentarios:

  1. Otro cuento que ya había leído y me había gustado.

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  2. me gusto como narras la trasnformacion a hombre lobo.

    Buen relato.

    Saludos.

    ResponderEliminar

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