sábado

Relato # 2

Detrás del velo

La noche estaba fría, la fogata que había en el centro del jardín nos calentaba poco. Me entretenían las luces rojas y blancas que despedían las llamas, parecían pelear con las estrellas queriendo llegar más alto, pero se extinguían a los pocos segundos. Una batalla perdida.

Nuestro escuadrón se encontraba descansando en el palacio luego de un día completo de asedio a los reinos del sur, como si la comida y las bailarinas nos hicieran olvidar el trabajo arduo del día siguiente; pero al menos, reconfortaba un poco. La música era lo suficientemente suave como para que no le prestaras atención, pero la chica que movía las caderas al lado del fuego parecía seguirla con toda presición. Estaba lo bastante lejos para no detallar su rostro, pero podía ver su hermoso cuerpo moverse sin descanso. El cabello largo le caía hasta la cintura, sus pechos eran grandes y redondos, su abdomen entallado se abría en unas grandes caderas que movían unos enormes y firmes glúteos. Una hermosura. Pero era sólo eso, una mujer más; nada que me sorprendiera demasiado, pero había algo en ella que me dejaba sin aliento. Ella se giró con mucha rapidez y no pude ver su cara, en ese instante supe que ver su rostro era lo que mantenía mi interés en ella. ¿Qué tipo de belleza superior a la de su cuerpo se ocultaba entre sus cabellos?.

La fiesta continuó por algunas horas más, los demás hombres comían y bebían con alegría, pero yo no probé bocado. Quería tener los cinco sentidos para no perderme nada de esa joven que me tenía embrujado. La celebración a su alrededor se convirtió en una imagen borrosa que s volvió más difusa hasta que ella fue lo único que pude observar. Quería poseerla, ahora mismo. La madrugada llegó y la fiesta terminó. Mis compañeros yacían dormidos por todos lados abrazando cada uno una chica, y muchos habían dejado copas de vino a medio beber por todos lados. Recogí un odre del suelo y lo guardé para más tarde. Caminé por el pasillo rodeando el jardín hasta que llegué hasta ella. Estaba recostada en una de las columnas, respirando pausadamente y secándose el sudor del abdomen. Mi mano se estiró en un impulso hacia ella, deteniendo lo que estaba haciendo.

–No lo hagas. Te ves mejor así.
–¿Ah sí?– su voz era suave, con un ligero acento árabe– Tú podrías hacerlo por mí.

No pude ver su rostro, se lo había cubierto con un velo. Ella se levantó rápidamente, tomó mi mano y me condujo hasta una habitación pequeña al lado de la cocina. Había una cama pequeña, una alfombra de piel y un baúl grande de madera.

–Este es mi aposento– se rió suavemente mientras me hacía señas de que cerrara la puerta.
–Bonito ¿no?– musitó mientras se sentaba en la cama y cruzaba las piernas.
–Oh sí, pero sabes que no vine a admirar donde vives.
–Claro que lo sé. Tú me deseas y yo también te deseo. Así que comienza de una vez.

Se quitó el velo y pude ver su rostro. Sus ojos eran castaños oscuros con una mirada penetrante, su nariz era pequeña y redonda y sus boca eran roja con unos labios gruesos. No pude soportarlo más y me abalancé sobre ella. La tumbé en el suelo y le quité las ropas. Pequeñas gotas de sudor se deslizaban por su cadera. Mi sexo iba a explotar, pero decidí disfrutar más antes de terminar. Me incliné y besé sus senos, introduciendo sus pezones en mi boca. Ella gimió al tiempo que yo los masajeaba con las manos. Descendí por su cadera lentamente hasta rozar su ingle con los labios. Ella alzó las manos y se aferró a mis hombros, empujándome hacia abajo. Me refugié entre sus piernas, moviendo mi lengua en su sexo una y otra vez. Ella comenzó a gritar y no pude soportar más. Me quité los pantalones con rapidez y me introduje en ella. Dejó de gritar y comenzó a gemir a medida que yo empujaba. Sus gemidos eran cada vez más fuertes hasta que lanzó un grito que me erizó la piel. Un corrientaza de energía recorrió mi espalda y en ese instante perdí la conciencia.

Ella se había entregado a mí sin resistencia. Sentí como mi corazón se había ligado al de ella de alguna manera. Deseé que se fuera conmigo, que compráramos una casa grande y tuviéramos muchos hijos. Imaginé su rostro sonriente mientras yo acariciaba su abdomen…

Regresé a la tierra cuando ella suspiró con suavidad y acarició mi cabello lentamente. Cerré los ojos y recosté mi pecho contra su abdomen; aún estaba dentro de ella.

–Así es como debe ser –musitó lentamente– Unidos…
No pude decir nada. Alcé la mirada hacia su rostro. Sonreía ampliamente con los ojos brillantes, iluminados por las velas.
–No debí tomarte sin conocerte, lo siento –dije entre susurros, sintiéndome culpable.
–No te lamentes, teníamos que comenzar de alguna manera, ya hubiera sido por el principio…–hizo una pausa, mirándome para que continuara.
–…o el final– dije con una sonrisa.

Me levanté y le di un beso profundo, era el primer que le daba; al que ella respondió con suavidad. Me sentí algo mal por haber pensado sólo en sexo cuando la vi, pero luego me agradecí a mí mismo por haberme aventurado con ella. Los dos lo habíamos querido así.

Observé la mañana fresca que se avecinaba, el sol comenzaba a aparecer filtrando sus rayos por la pequeña ventana de la habitación. Me sentí feliz y con más animo para combatir aquel dia, porque el día anterior me enamoré por primera vez.

(...)

Por Liz

2 comentarios:

  1. Vaya sorpresa de relato!! Muy bueno, Liz, te deseo mucha suerte!!

    Besos!

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  2. Muchas gracias <3 pues me inspire en el oriente jaja! pero bueno espero les guste!

    ResponderEliminar

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